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Raúl Lemesoff es un artista. Su obra, el Arma de Instrucción Masiva (ADIM), es un tanque con el que viaja por las calles de Buenos Aires regalando libros y aceptando donaciones de libros a su paso. Aquí os dejo el enlace a una entrevista de él. Muy recomendable.
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Borges conoció en agosto de 1944 a Estela Canto, una joven atractiva, inteligente, cultivada y poco convencional, que llamó su atención y de quien se enamoró sin ser correspondido.
Estela era una mujer vanidosa y hasta su muerte se ufanaba de haber conquistado el amor, y después la amistad de Borges, así como de haber sido la destinataria de una colección de cartas de amor que mostraban hasta qué punto el autor podía ser profundamente sentimental en la vida. En su libro de memorias, Canto escribió:
“La actitud de Borges me conmovía. Me gustaba lo que yo era para él, lo que él veía en mí. Sexualmente me era indiferente, ni siquiera me desagradaba. Sus besos torpes, bruscos, siempre a destiempo, eran aceptados condescendientemente. Nunca pretendí sentir lo que no sentía.”
Contrariando a su madre, Borges le propone casamiento. Ella le responde: “Lo haría con mucho gusto, Georgie, pero no olvides que soy una discípula de Bernard Shaw. No podemos casarnos si antes no nos acostamos.”
Decía Borges:
“No hay consuelo más hábil que el pensamiento de que hemos elegido nuestras desdichas”. “Las mujeres me han hecho desdichado. Pero la felicidad que he obtenido compensa toda la desdicha. Es mejor ser feliz y desdichado que no ser ninguna de las dos cosas.”
Se acerca sigilosamente. Su caminar calmado me hace pensar en lo fugaz que a veces puede resultar mi manera de moverme. Yo estoy ahí, simplemente. Entro, salgo, hago mi vida. Le aparto de la mesa de cristal, de entre los pies en plena carrera al trabajo, del hogar donde preparo el desayuno. Él me espera en su silla, a veces reclama mi atención, otra desaparece durante horas. Se instala en aquellos rincones en los que no reparo. Ellos van, vienen…salen y entran de mi vida y le miran como si fuera un juguete.
Observa con intensidad a veces, otras con ese simple desapego de voiyeur. Me espera en la puerta. Duerme a mis pies. Me espía en la ducha. Se sienta a mi mesa. Es esa rutina terca de soliloquio entre sombras a la que un día te acostumbras casi sin darte cuenta. No es celoso, ni espontáneo, ni pasional. Me enseña a ejercer mi independencia cuando me repele como el agua los abrazos. No podría esperar su deslealtad, no obstante. Cuando le miro a los ojos, sé que debe de albergar un alma noble.
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“Un hilo rojo invisible conecta a aquellos que están destinados a encontrarse, sin importar tiempo, lugar o circunstancias. El hilo se puede estirar o contraer, pero nunca romper”.
Cuenta una vieja leyenda china que el “Abuelo de la Luna” ata un hilo rojo en la muñeca de cada niño al nacer. Este hilo está atado a muchos otros hilos, que a su vez, sujetan la muñeca de todas las personas con las que ese niño está destinado a encontrarse.
A medida que el bebé crece, los hilos se van acortando, acercando cada vez más a dichas personas, a pesar del tiempo, de la distancia y de las circunstancias. El hilo puede tensarse, enredarse, pero nunca romperse.


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