Al caer la tarde me pongo en los ojos unas lágrimas artificiales, aunque no para llorar, sino para desllorar. Después de seis o siete horas frente al ordenador y tres o cuatro frente a un libro, los ojos me pican y el picor me provoca un lagrimeo que combato con más lágrimas, pero con lágrimas de farmacia. Las lágrimas de farmacia son más espesas que las orgánicas, poseen un punto pegajoso que al principio molesta, aunque luego calma. Al final, va a resultar que es más verdadero el llanto de mentira que el auténtico. Una razón más para dudar de lo genuino, me decía mientras apuraba el gin tonic de media tarde observando, a través del ventanal de la cafetería, a los vendedores de bolsos falsos, de relojes falsos, de colonias falsas, que estos días hacen su agosto. De repente, alguien daba la voz de alarma (¡policía, policía!) y los vendedores recogían sus tenderetes a la velocidad del rayo hasta que pasaba el peligro. El juego entre los vendedores y los servicios del orden era tan evidente que quizá la policía que los asustaba de vez en cuando era falsa también. De hecho, andaba todo el mundo disfrazado por la calle.

Lágrimas artificiales. ¡Lo que da de sí esta idea! Siendo las lágrimas un producto del dolor, quizá no tarden mucho en vender estados de ánimo de imitación. Los ansiolíticos, en cierto modo, lo son, pues provocan una paz falsa, una paz que no te pertenece y que se esfuma a las cuatro o cinco horas de su ingestión. Conviene llevar cuidado con los ansiolíticos, a veces te deprimen más al modo en que el aumento del IRPF desincentiva el consumo. Nos pasamos la vida atrapados entre la espada y la pared (entre la espalda y la pared, que decía el otro). Para dejar de llorar nos ponemos lágrimas artificiales y para reducir el déficit provocamos más déficit. El gin tonic tiene un punto de amargura que no me resulta familiar. Seguro que me han puesto la tónica que no es. Se lo digo al camarero y dice que han cambiado de marca, por la crisis. La crisis, por lo visto, es cierta. Lo falso, dicen ahora, fue la prosperidad de los años que la precedieron. La prosperidad siempre es de imitación. Cuando más alto subes, más dura será la caída, etcétera. Me empiezan a llorar los ojos, necesito unas lágrimas. Y otro gin tonic.

(Artículo La Opinión A Coruña).

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Fatima

Nací en un pueblo donde los sonoros silencios del mar fueron mi cotidiana canción de cuna. Un viejo calamar me enseñó a leer y, con su tinta, a escribir. Me enseñó muchas cosas, entre ellas, que la hache sabe mucho del silencio, que la coma sirve para ir más despacio, el paréntesis para tomarse un descanso y el punto final para las despedidas. Con el tiempo, me aficioné a jugar con las palabras y las imágenes. Descubrí que la fantasía es un instrumento para conocer la realidad y que a través de la imaginación podemos jugar a: sentirnos un pirata, un superhéroe, un caballo o un mago, incluso podemos volar como los pájaros o sumergirnos como los peces. Escribir me da la posibilidad de sentirme creadora del universo, aunque éste se limite al que contiene a los personajes… también me da la posibilidad de soñar lo que quizás nunca se hará realidad , haciendo partícipes de mis sueños a quienes comparten conmigo lo escrito.

Un Despiste a “El llanto verdadero es falso (Juan José Millás)”

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