mar 252012
 

“Hablando se entiende la gente”, dicen. Yo creo que, en general, la gente se entiende bien poco. Ahora bien: la única manera posible de entenderse es hablando. Sólo que eso de “hablar”—de hablar para entender al prójimo y para hacerse entender por él—no es cosa que se produzca siempre en condiciones medianamente favorables. Si hacemos un recuento y una estimación de las palabras que al cabo del día cruzamos con la gente de nuestro alrededor, y analizamos su alcance y su eficacia, comprobaremos que apenas nos han servido para nada. En realidad, sí, nos han servido para mucho: para dar una orden o un recado, para referir un chiste o una noticia, para precisar un negocio o un tiquismiquis familiar y demás operaciones de trámite social, que, ciertamente, constituyen la parte más voluminosa y urgente de nuestra vida práctica. Pero todo ello, bien mirado, es todavía “anterior” al propósito y a la necesidad de “entendernos”: de entendernos unos a otros, y de entender juntos los problemas y las esperanzas que tengamos en común. Hablar de esto último es “conversar”. El término “conversación”, en efecto, suele admitir esa acepción levemente restringida: se trata de una forma de “hablarnos” no demasiado mediatizada por la prisa, y con temas que, aun partiendo de lo más trivialmente anecdótico, apuntan a cuestiones más vastas o penetrantes. Y la verdad es que no resulta frecuente encontrar por ahí muchos “conversadores” de buena pasta. Hay un “arte de la conversación” que pocos poseen o aprenden. No es lo mismo charlar que conversar, y tan abundantes como los charlatanes son de escasos los conversadores.

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Fatima

Nací en un pueblo donde los sonoros silencios del mar fueron mi cotidiana canción de cuna. Un viejo calamar me enseñó a leer y, con su tinta, a escribir. Me enseñó muchas cosas, entre ellas, que la hache sabe mucho del silencio, que la coma sirve para ir más despacio, el paréntesis para tomarse un descanso y el punto final para las despedidas. Con el tiempo, me aficioné a jugar con las palabras y las imágenes. Descubrí que la fantasía es un instrumento para conocer la realidad y que a través de la imaginación podemos jugar a: sentirnos un pirata, un superhéroe, un caballo o un mago, incluso podemos volar como los pájaros o sumergirnos como los peces. Escribir me da la posibilidad de sentirme creadora del universo, aunque éste se limite al que contiene a los personajes… también me da la posibilidad de soñar lo que quizás nunca se hará realidad , haciendo partícipes de mis sueños a quienes comparten conmigo lo escrito.

  3 Responses to “Joan Fuster- Sobre la diferencia entre charlar y conversar:”

Comments (2) Trackbacks (1)
  1. A las palabras se las lleva el viento, afirma el refranero popular. Pero la frase es relativa. Me ha gustado el post porque refleja una realidad manifiesta, que se habla por hablar, sin escuchar al otro. Por poner un ejemplo, en los días previos y posteriores a un partido de fútbol se explican con lujo de detalles innumerables opiniones de todo tipo, pero el resultado real es empate, partido ganado o partido perdido y punto pelota. Otro tanto ocurre con los comentarios políticos, abundantes en eufemismo, similares a las encuestas y estadísticas, que como dijo alguien, son como el bikini, muestran lo más interesante pero no lo más importante. Esto también ocurre con las charlas improvisadas y espontáneas. Las amas de casa no tiene otro tema que el de la cocina y los señores ociosos van a los bares a discutir los partidos de fútbol, cuando la verdad es que el verdadero valor es el resultado, si hubo goles o no los hubo. La conversación está tan desvalorizada como la política enfrascada en temas económicos. El punto fundamental es que no se escucha al prójimo, sólo se cuentan cosas para desahogarnos de nuestras preocupaciones.

    • Desgraciadamente, Frank, describes una realidad muy palpable. Menos mal que sí hay personas a quienes les gusta conversar… ¡y qué gusto da encontrarse con ellas!

      Un abrazo

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