Hago memoria, recuerdo y me doy cuenta de que nada ha cambiado. Tengo un buen puñado de años a la espalda y me siguen gustando las mismas cosas. Hay poco que añadir, en todo caso las mozas, que ya me tratan de usted. Escribir, leer, las puestas de Sol, desembarcar en una isla desierta, trepar a los manzanos, el queso (si es buen queso), ladrarle a mi perro y otras emociones, siguen gustándome tanto como antes. Lo que no me gusta sigue sin gustarme: la retórica,

obedecer porque no hay más remedio y algunos bandazos del sentido común. (He de admitir que no siento demasiado respeto por el sentido común. Una de sus virtudes es estropear oportunidades a la felicidad. Es el que te recuerda los resfriados en el momento en que vas a tirarte de cabeza al río).

Soy un adulto que está en deuda con su infancia. Fui un niño feliz a pesar de haberlo sido en tiempos amargos.
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