Una bonita forma de explicar el hoyuelo que tienen muchas personas.
Para quien quiera ver la película on line le dejo el enlace “El príncipe que contemplaba su alma“
Etiquetas: Cuento sufíUna bonita forma de explicar el hoyuelo que tienen muchas personas.
Para quien quiera ver la película on line le dejo el enlace “El príncipe que contemplaba su alma“
Etiquetas: Cuento sufíUna muñeca de sal recorrió miles de kilómetros de tierra firme, hasta que, por fin, llegó al mar. Quedó fascinada por aquella móvil y extraña masa, totalmente distinta de cuanto había visto hasta entonces.
- ¿Quién eres tú? – le preguntó al mar la muñeca de sal.
Con una sonrisa, el mar le respondió:
- Entra y compruébalo tú misma.
Y la muñeca se metió en el mar. Pero, a medida que se adentraba en él, iba
disolviéndose, hasta que apenas quedó nada de ella. Antes de que se
disolviera el último pedazo, la muñeca exclamó asombrada:
- ¡Ahora ya sé quién soy!
Este cuento es uno de los cuentos sufíes que he leído últimamente. Me ha encantado por la relación que tiene con mi libro “Nora la niña de sal”.
No hay etiquetas para esta entrada.Una vez Satanás, que hablaba con un hombre, dijo:
- ¿Qué pides a cambio de tu alma?
- Exijo riquezas, posesiones, honores… también juventud, poder, fuerza… exijo sabiduría, genio… renombre, fama, gloria… placeres y amores… ¿Me darás todo eso?
- No te daré nada
- Entonces no te daré mi alma.
- Tu alma ya es mía.
Había una vez una mujer, que además de su niño, alimentaba también a un gato montés. Tenía para él el mismo cuidado que para el niño: lo alimentaba con su propio pecho, lo bañaba y le daba todo aquello que necesitaba.
Y sin embargo, no le tenía confianza y andaba meditando para sí:
Un gato montés pertenece a una raza fiera de criaturas: ¡con tal de que no le haga daño a mi niño!
Un día, mientras la mujer había ido a coger agua y el marido estaba afuera, una serpiente negra salió de su madriguera, y se arrastró hacia la cuna del niño. Pero el gato montés, advertido por el instinto y temiendo por la vida del pequeño, se lanzó sobre la malvada serpiente, trabó con ella una fiera batalla y la hizo pedazos. Después, satisfecho del propio heroísmo, con la sangre que le goteaba de la boca, fue al encuentro de la madre para hacerle ver que capaz había sido.
Pero cuando la madre lo vio venir con la boca ensangrentada y agitada, creyó que le había comido al niño, y, sin pensarlo dos veces, le tiró encima el jarro de agua que lo mató enseguida. Después dejó allí al gato montés, sin mirarlo siquiera, y corrió a casa, donde encontró a su niño sano y salvo, y una gruesa serpiente negra hecha pedazos junto a la cuna.
Entonces comprendió —pero demasiado tarde-, cómo su sospecha había sido inconsiderada e injusta; y, deshecha del dolor, se entristeció grandemente.
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