Se acerca sigilosamente. Su caminar calmado me hace pensar en lo fugaz que a veces puede resultar mi manera de moverme. Yo estoy ahí, simplemente. Entro, salgo, hago mi vida. Le aparto de la mesa de cristal, de entre los pies en plena carrera al trabajo, del hogar donde preparo el desayuno. Él me espera en su silla, a veces reclama mi atención, otra desaparece durante horas. Se instala en aquellos rincones en los que no reparo. Ellos van, vienen…salen y entran de mi vida y le miran como si fuera un juguete.
Observa con intensidad a veces, otras con ese simple desapego de voiyeur. Me espera en la puerta. Duerme a mis pies. Me espía en la ducha. Se sienta a mi mesa. Es esa rutina terca de soliloquio entre sombras a la que un día te acostumbras casi sin darte cuenta. No es celoso, ni espontáneo, ni pasional. Me enseña a ejercer mi independencia cuando me repele como el agua los abrazos. No podría esperar su deslealtad, no obstante. Cuando le miro a los ojos, sé que debe de albergar un alma noble.
A veces jugamos a herirnos. Deja sus huellas en mi piel y yo clavo mis uñas en su cuello sin miedo a su instinto de bestia. Otras veces, cuando sabe que estoy tranquila, se tiende sobre mí, me hace sentir lo a gusto que se encuentra. Es como uno más de los pasatiempos que escogemos para matar las horas, dulce y mullido trozo de vida.
De repente, decide que ya está bien de tanto mimo y se va de un salto, al otro extremo del sofá, a dormir tranquilo. Yo sigo preparando mermelada de frambuesas.
“Pobre animal sin nombre. Según creo no tengo derecho a darle ninguno”
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Los cavernícolas no han desaparecido, siguen campeando a sus anchas, impunes,
Desgraciadamente cierto.